jueves, 15 de enero de 2015

Mi Oscuro Pasajero


No se si ya nací con su presencia, pero en mis más tempranos recuerdos... él ya estaba junto a mi, cuando a mis 5 años me despertaba en medio de la noche, en unas ocasiones gritando y en otras con apenas un hilo de voz... pero siempre lleno de angustia. 


Era la voz que me llenaba de preguntas sobre la Muerte, la que siendo un infante me daba pistas sobre mi paso efímero por este mundo y el de quienes me rodeaban. Ese oscuro pasajero que me acompaña allá donde voy. Puede callarse una temporada, pero es inevitable que algún día suelte su discurso.



Él nunca ha cambiado su carácter, aunque si la complejidad de sus mensajes, como también su influencia en mi y nuestra relación. Se debe a que él siempre es el mismo, pero no así el recipiente que le alberga... mi mente. Toda la vida portando el mismo huésped incómodo, que trasmite siempre el mismo discurso.



Para mi oscuro pasajero todo está marchito, y si algo no lo está... se marchitará en cuanto yo lo toque. Su exigencia roza el sadismo, así como sus ganas de hacerme sentir culpable por cualquier motivo. 



Nunca quiso que me relacionara con nadie, ya que cree que no necesito mas que su compañía, y cuando se le cuestiona se vuelve hiriente y desesperanzado. A él no le gusta nada ni nadie, es incapaz de sentirse pleno y de sugerir soluciones a nada. Sólo existen el Caos, el Dolor y el Fracaso en sus palabras.



En mi época colegial era tan poderoso que nadie sabía de su existencia, además de que haberle dejado hablar en público hubiera supuesto un suicidio social. Todos eran niños, menos yo. Porque mi oscuro pasajero tenía una voz adulta, que ya me hablaba entonces de este mundo de plástico que habitamos, de sus tonos grises y sus tragedias. 



Pero todo ese infierno... se quedaba en mi. Me hizo extremadamente tímido, y sólo me sentía libre de su influjo cuando jugaba. Cuando competía, en cambio, me llevaba al máximo a cambio de toneladas de ansiedad.



Fue en el Instituto cuando el arte me salvó la vida por primera vez. De pronto, disponía de varias armas diferentes para combatirle: la escritura, la música y el dibujo. Supuso una salvación porque le dejé libre ante el entorno, le dejé expresarse sin límites. 



Me dio la posibilidad de analizar su pensamiento mas objetivamente y descubrir preguntas con las que replicarle, poniéndole contra las cuerdas si me atacaba a mi. Y, además, descubrí que al soltarlo fuera de mi, su tamaño disminuía. Ya no era tan poderoso, aunque cuando llegaba a alcanzarme, me mandaba a la lona.



Estudiar Enfermería supuso un punto de inflexión. Recibí información sobre su naturaleza, de pronto dejó de ser una sombra indefinida. Ahora tenía un rostro, y podía devolverle los golpes. Ya en igualdad de condiciones, lo "humanice" y firmamos una tregua. 



Comenzamos a dialogar y acabé comprendiendo que incluso podía hacerme amigo de él. Asumí que sus palabras me hacen daño si yo me lo "tomo mal", y que si, en cambio, pienso que son consejos de la "persona" mas exigente, dura, quisquillosa, desesperanzada y triste que conozco, y los tengo en cuenta para satisfacerle también a él... el resultado siempre será mucho mejor. Él puede ser un gran motivador si le escuchas adecuadamente.



Frases como "no es lo suficientemente bueno", "tampoco vales tanto", "podrías ser mas grande", "ese sueño es imposible"... Son ahora motivos para seguir mejorando las cosas hasta que sean buenas, para incrementar mi valor y mi tamaño día a día e, incluso, para luchar por lo imposible.



De hecho una vez me preguntó... "¿sabes que conseguir la perfección y la felicidad total es imposible? ¿Por qué luchar al 100% entonces... incluso por qué no luchar absolutamente nada?" 



Mi respuesta fue sencilla... "Cuando das el 100% de ti, seguro que no consigues el 100%, pero si un 80%, o un 70%... Si das el 50%, posiblemente no consigas nada. Y si no luchas, ni siquiera habrás disfrutado de ninguna aventura".



Y tras mis palabras exclamó "que pereza me das..." y se fue a su lado oculto del cerebro antes de que le diera una colleja.






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